1) la experiencia estética que facilita la creación poética constituye, para Aristóteles, un tipo especialmente señalado de acceso cognitivo al mundo de la praxis humana, como lo muestra el hecho de que considere a la poesía incluso como más filosófica (philosophóteron) y más seria (spoudaióteron) que la historia, en la medida en que la poesía da expresión más bien a lo universal, mientras que la historia queda restringida al ámbito de lo particular (cf. 9, 1451b5-7). [...] Esta constatación no se limita en su alcance al hecho de que los caracteres y las situaciones que presenta la poesía, en particular, la poesía trágica, tiendan a elevarse al rango de ejemplos paradigmáticos, sino que, más allá de ello, alude también al hecho de que a través de la representación trágica el espectador es puesto en condiciones de acceder de un modo especialmente esclarecido, desde el punto de vista cognitivo, a ciertos rasgos básicos que signan la condición humana, en el mundo compartido de la praxis (p. 245-46).
2) la experiencia que el espectador hace, al contemplar desde una perspectiva privilegiada y, en cierto modo, omnisciente lo que para los propios personajes del drama aparece rodeado de oscuridad, le facilita un peculiar acceso cognitivo a lo que constituye la situación habitual de todo sujeto de praxis, en tanto debe actuar en un mundo signado por la contingencia y la variabilidad, solo parcialmente transparente para él mismo y poblado de factores que escapan a todo intento de control consciente. Esto le permite, en cierto modo, identificarse con la suerte del protagonista. Es cierto que los casos de tipo trágico son de carácter muy excepcional, de modo que el espectador no espera realmente que le ocurra el mismo tipo de cosa que ve acontecer en el ámbito de la acción representada. Ello no impide, sin embargo, que a través de la ejemplaridad del caso extraordinario se muestren con una nitidez peculiar rasgos constitutivos del mundo de la praxis y de la situación del agente humano dentro de él, que el propio agente puede reconocer como familiares, a partir de sus experiencias más elementales en el trato inmediato con su propia esfera habitual de acción y consigo mismo, en tanto situado fácticamente en dicha esfera y confrontado con la propia incapacidad de ponerla completamente bajo su propio control consciente (pp. 248-49)
3) Aristóteles defiende un ideal de la vida feliz basado en el principio de la superioridad de la actividad puramente contemplativa, la así llamada theoría, que facilita el acceso al ámbito de lo que es eterno y necesario. Ahora bien, el término theoría, que Aristóteles aplica a la actividad puramente contemplativa del intelecto, tiene su ámbito de aplicación originario justamente en el terreno de la experiencia estético-religiosa. Y, de hecho, Aristóteles lo aplica, al igual que el verbo correspondiente theoreîn, para describir el tipo de experiencia correspondiente al espectador de la representación trágica [...]. Ahora bien, si la tragedia es mímesis de la prâxis, todo indica que la contemplación estética de dicha mímesis facilita un tipo de acceso diferente, distanciado y, en cierto modo, privilegiado a aquel ámbito en el cual el agente humano se encuentra siempre ya situado y se experimenta a sí mismo, en un modo caracterizado justamente por su facticidad y por su inmediatez, privada de toda distancia. La experiencia de distanciamiento facilitada por este peculiar acceso contemplativo al ámbito de aquello que, por lo pronto, justamente nunca se ofrece como mero objeto de contemplación desinteresada, puede influir también, como es de sospechar, sobre el modo en que el agente, una vez vuelto a su realidad cotidiana, se sitúa frente a su propia praxis (p. 249)